Carolina Miguel – Directora del Museo Nacional del Romanticismo

Carolina Miguel Arroyo - Directora del Museo del Romanticismo - Foto Berta Delgado - YANMAG
Fotografías y entrevista por Berta Delgado

«El Romanticismo es, ante todo, una forma de sentir y de relacionarse con el mundo.»

Carolina Miguel Arroyo es directora del Museo Nacional del Romanticismo. Es Licenciada en Historia del Arte y en Historia y Ciencias de la Música por la Universidad de Salamanca y Máster en Métodos y técnicas avanzadas de investigación histórica, artística y geográfica por la UNED.

Pertenece al Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos desde 2009. Desde 2010 trabaja en el Museo Nacional del Romanticismo donde fue, hasta su nombramiento como directora en 2021, responsable del Departamento de Colecciones, dirigiendo y coordinando las labores de documentación, así como proyectos de catalogación y digitalización de fondos museográficos, como el catálogo Laurent. Asimismo, fue responsable de las colecciones de pintura, dibujo, miniatura y fotografía. Ha impartido conferencias y cursos dentro del ámbito de su especialidad, y ha dirigido y coordinado congresos y jornadas científicas. Es autora de diversos estudios artísticos, especialmente relacionados con el arte, la sociedad y la moda del Romanticismo. Además ha comisariado exposiciones en el Museo Nacional del Romanticismo, el Museo Cerralbo y la Biblioteca Nacional de España.

Carolina Miguel nos abre las puertas del Museo Nacional del Romanticismo y nos habla de su vínculo personal y profesional con este periodo histórico y cultural que todavía sigue influyendo en el pensamiento y la sociedad de nuestro siglo.

– ¿Cuándo comenzó tu interés por las artes y la música?


Mi interés por el arte viene de muy atrás, de la infancia, aunque nunca pensé que llegaría a dedicarme a algo relacionado con ello. Crecí en un entorno en el que la cultura era algo cotidiano. Recuerdo visitar monumentos, algunos recurrentemente, porque me maravillaban. Así que no era algo extraordinario, y creo que mi gusto por el arte no fue una decisión consciente. Empecé de muy pequeña en el conservatorio y a cantar en un coro. Creo que esa ha sido una de las experiencias que más me ha marcado. Hay emociones que solo la música sabe nombrar. La música siempre ha sido para mí un refugio y una forma de entender el mundo. Con el tiempo descubrí que el arte y la música eran para mí fundamentales, que me transportaban, que me sobrecogían y que siempre me acompañaban en cada una de mis vivencias. Quise estudiar Historia del Arte e Historia y Ciencias de la Música precisamente para tratar de entender el mecanismo de las artes para interpelarnos. Aún sigo intentado descifrar muchas de esas claves.

«Con el tiempo descubrí que el arte y la música eran para mí fundamentales, que me transportaban, que me sobrecogían y que siempre me acompañaban en cada una de mis vivencias.»

Carolina Miguel Arroyo - Directora del Museo del Romanticismo - Foto Berta Delgado - YANMAG

«Quise estudiar Historia del Arte e Historia y Ciencias de la Música precisamente para tratar de entender el mecanismo de las artes para interpelarnos. Aún sigo intentado descifrar muchas de esas claves.»


– Dentro de todos los periodos históricos, te especializaste en el siglo XIX. ¿Qué es lo que más te apasiona de esta época y por qué has dedicado todo tu esfuerzo y tu tiempo a investigar sobre ella?


El siglo XIX es un siglo de contradicciones extraordinariamente fértiles. Es el siglo en el que conviven el progreso y la nostalgia, la razón y el sentimiento, la revolución y la reacción. Es un momento en el que todo está en tensión permanente, y esa tensión genera una creatividad desbordante en todos los ámbitos: la literatura, la música, las artes plásticas, la moda, incluso la decoración doméstica. Y para muestra un botón; en las salas del museo están presentes literatos como Mariano José de Larra, Carolina Coronado o Gustavo Adolfo Bécquer, pero también podemos imaginar qué piezas serían interpretadas al arpa o los pianos que se exponen, figurarnos cómo era la sociedad que acudía a estas veladas y de qué modo vestían y se relacionaban a través de los retratos y los ambientes que se recrean, o comprender lo convulsa que llegó a ser aquella centuria en España y fuera de ella.
A mí me atrapó esa complejidad desde el principio. Además, es un siglo que construye muchas de las narrativas identitarias que todavía hoy nos definen como sociedades —los nacionalismos, la idea de patrimonio, la conciencia histórica, la noción de ciudadano—, con lo cual estudiarlo es también estudiar quiénes somos y por qué pensamos como pensamos. Hay algo en el siglo XIX que no se agota: cada vez que vuelves a él encuentras una capa nueva, una pregunta que no te habías hecho. Eso, para alguien que se dedica a la investigación y a la gestión cultural, es un privilegio enorme.

«El siglo XIX es un siglo de contradicciones extraordinariamente fértiles. Es el siglo en el que conviven el progreso y la nostalgia, la razón y el sentimiento, la revolución y la reacción.»

Carolina Miguel Arroyo - Directora del Museo del Romanticismo - Foto Berta Delgado - YANMAG

«Es un siglo que construye muchas de las narrativas identitarias que todavía hoy nos definen como sociedades —los nacionalismos, la idea de patrimonio, la conciencia histórica, la noción de ciudadano—, con lo cual estudiarlo es también estudiar quiénes somos y por qué pensamos como pensamos»

– Como dices, el siglo XIX, y en particular el periodo del Romanticismo, ha influenciado mucho el pensamiento, la historia, el folclore y la sociedad durante el siglo XX y todavía también el siglo XXI. ¿Por qué esta influencia es tan poderosa y su filtro abarca tantas áreas? ¿Qué rasgos o características identificas en el momento actual que son un retorno constante al periodo del Romanticismo?


El Romanticismo es, ante todo, una forma de sentir y de relacionarse con el mundo. Y eso no caduca. Su influencia es tan duradera porque tocó algo muy profundo en la experiencia humana: la búsqueda de la identidad, la exaltación de lo individual, la fascinación por lo sublime, la reivindicación de las raíces culturales y del pasado como fuente de sentido. Es también el movimiento que convierte la emoción en argumento, que legitima el sentimiento como forma de conocimiento. Eso ha dejado una huella imborrable en la cultura occidental. Si miramos el presente, lo vemos por todas partes: en el auge de los nacionalismos identitarios, en el revival estético que impregna la moda o la música pop, o incluso en la obsesión por la autenticidad en las redes sociales. La melancolía digital que vivimos, esa nostalgia permanente por un pasado idealizado, tiene algo profundamente romántico. Incluso la figura del artista incomprendido o del individuo que se enfrenta al sistema es una herencia directa del imaginario romántico. El Romanticismo nos enseñó que los sentimientos son conocimiento, y eso sigue siendo radicalmente contemporáneo.

«La melancolía digital que vivimos, esa nostalgia permanente por un pasado idealizado, tiene algo profundamente romántico.»

«El Romanticismo nos enseñó que los sentimientos son conocimiento, y eso sigue siendo radicalmente contemporáneo.»

– Eres directora del Museo del Romanticismo en Madrid. ¿Qué supuso tu llegada a esta institución y qué significa para ti profesional y personalmente?


Recuerdo que cuando llegué, hace ya dieciséis años, me sentí una absoluta privilegiada. Y recuerdo también que pensé que no debía olvidar esa sensación. Profesionalmente, supone un reto, porque el Romanticismo es, como decíamos, una época muy compleja, como también lo son las colecciones del museo. No se trata solo de una recreación de ambientes, de un espacio museográfico, sino que transmite la sensación de una casa que algún día fue habitada, un interior decimonónico que conserva su atmósfera. Cada sala tiene un discurso, una historia que contar más allá de las fichas de catálogo de las muchas piezas expuestas. Por ello es una suerte conservar y difundir un patrimonio que es a la vez artístico, estético, histórico y en ocasiones profundamente emocional, y hacerlo de manera que llegue a públicos muy diversos. Pero también implica una responsabilidad importante: la de mantener vivo un lugar que podría quedarse fácilmente en la contemplación y convertirlo en un espacio de pensamiento y de reflexión. Después de estos años, y aun con el peso del día a día, sigo sintiéndome interpelada por el museo y la época a la que se consagra, y creo que eso es lo más valioso que puede pasarle a alguien en su trabajo, que lo que hace no le resulte nunca del todo familiar.

«Recuerdo que cuando llegué, hace ya dieciséis años, me sentí una absoluta privilegiada. Y recuerdo también que pensé que no debía olvidar esa sensación.»

La directora en el Comedor del Museo Nacional del Romanticismo junto a trajes de la exposición Ecos de la moda romántica que puede visitarse hasta el 7 de junio en el museo – Foto (C) Berta Delgado
Carolina Miguel en el jardín del Museo Nacional del Romanticismo – Foto (C) Berta Delgado

«Después de estos años, y aun con el peso del día a día, sigo sintiéndome interpelada por el museo y la época a la que se consagra, y creo que eso es lo más valioso que puede pasarle a alguien en su trabajo, que lo que hace no le resulte nunca del todo familiar.»

– Por el 8 de Marzo habéis organizado la actividad Voces de mujeres, una visita guiada a través de los testimonios y voces de mujeres del siglo XIX. ¿A qué dificultades se enfrentaron en su época, cómo lucharon para hacer frente a las desigualdades y qué cosas seguimos teniendo en común con ellas en el siglo XXI?


Las mujeres del siglo XIX vivieron confinadas en un ideal, el “ángel del hogar”, que las reducía al ámbito doméstico y las excluía sistemáticamente de la vida pública, del acceso a la educación superior, de los derechos civiles más básicos. El matrimonio era prácticamente la única vía de subsistencia reconocida socialmente, y dentro de él la mujer perdía su autonomía jurídica casi por completo. Y, sin embargo, en esos márgenes tan estrechos, muchas encontraron formas de resistir, de crear, de hacerse escuchar: a través de la escritura —con frecuencia bajo pseudónimo masculino—, del esquivo para ellas sistema del arte, de los salones literarios que ellas mismas animaban, de la correspondencia privada, incluso de la moda como lenguaje codificado de identidad y posicionamiento. Lo que nos sigue uniendo a ellas es esa negociación constante entre lo que se espera de nosotras y lo que queremos ser, entre la visibilidad y el coste que tiene alcanzarla. En ese sentido, las ausencias y los silencios son tan elocuentes como los testimonios que conservamos y que trabajamos por enriquecer a través de la incorporación de nuevas obras de mujeres artistas o lecturas de género de nuestra colección. La actividad Voces de mujeres, desarrollada por el equipo de Mediación cultural, nació, precisamente, del deseo de devolverles la palabra, de que el museo no fuera solo un espacio de contemplación, sino también de reconocimiento y de memoria. Porque muchas de esas mujeres, como Juana de Vega, Clara Schumann, Gertrudis Gómez de Avellaneda o Emilia Pardo Bazán, algunas de las protagonistas de esta actividad, construyeron cosas extraordinarias en condiciones extraordinariamente difíciles, y merecen ser nombradas. Lo que no se nombra, no existe. Y todas estas cuestiones nos permiten reflexionar sobre nuestras propias realidades.

«Las mujeres del siglo XIX vivieron confinadas en un ideal, el “ángel del hogar”, que las reducía al ámbito doméstico y las excluía sistemáticamente de la vida pública, del acceso a la educación superior, de los derechos civiles más básicos.»

Carolina Miguel Arroyo - Directora del Museo del Romanticismo - Foto Berta Delgado - YANMAG

«La actividad Voces de mujeres, desarrollada por el equipo de Mediación cultural, nació, precisamente, del deseo de devolverles la palabra, de que el museo no fuera solo un espacio de contemplación, sino también de reconocimiento y de memoria.»

– La moda del siglo XIX y su influencia en los diseñadores posteriores es uno de los temas a los que más dais difusión dentro del museo. ¿Por qué era un aspecto tan importante en el Romanticismo y tan complejos sus códigos?


En el siglo XIX la moda es un sistema de comunicación sofisticadísimo. No hay nada casual en un traje romántico: el tejido, el color, la silueta, el accesorio, el tipo de encaje, la forma de llevar el cabello… Todo habla y todo tiene un significado preciso para quien sabe leerlo. La identidad social, el estado civil, el luto, el acceso a determinados espacios, incluso las filiaciones políticas podían leerse en la indumentaria con una precisión que hoy nos resulta casi inconcebible. Además, el Romanticismo exacerbó el gusto por lo ornamental, por lo simbólico, por la teatralidad del cuerpo entendido como escenario. Eso explica por qué diseñadores como Galliano, McQueen o Valentino, o en el ámbito español Pedro Rodríguez o Josep Font han vuelto una y otra vez a este periodo como fuente de inspiración: es un pozo inagotable de referencias visuales, narrativas y emocionales. El corsé, las mangas abullonadas, la silueta marcada… todo eso sigue resonando en las pasarelas contemporáneas porque sigue hablando de algo muy humano: el deseo de construir una identidad a través de lo que uno lleva puesto. De reflexiones parecidas surgió la exposición que puede verse hasta el 7 de junio, Ecos de la moda romántica.

«En el siglo XIX la moda es un sistema de comunicación sofisticadísimo. No hay nada casual en un traje romántico: el tejido, el color, la silueta, el accesorio, el tipo de encaje, la forma de llevar el cabello… Todo habla y todo tiene un significado preciso para quien sabe leerlo.»

Carolina Miguel en el Salón de Baile del Museo Nacional del Romanticismo junto a algunos de los trajes de la exposición Ecos de la moda romántica – Foto (C) Berta Delgado

«Además, el Romanticismo exacerbó el gusto por lo ornamental, por lo simbólico, por la teatralidad del cuerpo entendido como escenario.»


– Has sido comisaria de varias exposiciones, entre ellas Teje el cabello una historia, sobre los peinados y la importancia del cabello en este periodo. ¿Cómo fue la investigación de esta área y qué descubristeis?


Fue una de las investigaciones más sorprendentes que he llevado a cabo, y que me ha aportado muchas alegrías, porque el cabello parecía a primera vista un tema menor, casi frívolo, y resultó ser un territorio enorme, cargado de significado. Descubrimos que el cabello en el siglo XIX tenía una carga simbólica, sentimental y ritual extraordinaria, que atravesaba todas las capas sociales. Se guardaba en medallones como reliquia de los seres queridos vivos y muertos, se tejía con técnicas muy elaboradas en joyas que eran a la vez objetos de arte y de memoria, articulaba el paso de una etapa vital a otra —la niña que se recoge el pelo por primera vez, la mujer que lo corta tras una pérdida—. Los peinados femeninos eran además una muestra pública de habilidad, estatus y cuidado: una mujer bien peinada proyectaba su posición y su mundo. Un caballero podía mostrar sus afinidades políticas. Rastrear todas esas cuestiones, en principio tan ajenas al simple arreglo del cabello, a través de objetos, retratos, manuales de cortesía y elegancia, revistas de moda, etc. (obras de las que conservamos numerosos ejemplos en el museo), fue fascinante. El cabello resultó ser un archivo histórico en sí mismo, un lugar donde se depositan el amor, el duelo, la identidad o el tiempo.

«El cabello parecía a primera vista un tema menor, casi frívolo, y resultó ser un territorio enorme, cargado de significado. Descubrimos que el cabello en el siglo XIX tenía una carga simbólica, sentimental y ritual extraordinaria, que atravesaba todas las capas sociales.»

Portada del catálogo de la exposición Teje el cabello una historia. El peinado en el Romanticismo.

«El cabello resultó ser un archivo histórico en sí mismo, un lugar donde se depositan el amor, el duelo, la identidad o el tiempo.»

– Realizáis actividades en sintonía con las series sobre el periodo de Regencia como Los Bridgerton. ¿Qué respuesta ha tenido por parte del público y cómo enfocáis la actividad?


La respuesta ha sido fantástica, y eso nos alegra mucho porque demuestra algo en lo que creemos firmemente: que hay un público que llega al museo a través de la cultura popular y audiovisual, y al que nosotros podemos ofrecerle una capa adicional de profundidad y rigor, sin que eso resulte árido ni excluyente. No nos parece contradictorio en absoluto partir de una serie de Netflix para hablar del siglo XIX. Los Bridgerton ha despertado un interés genuino por la estética, las costumbres y las convenciones sociales de la época, y nosotros lo recibimos como una oportunidad magnífica. Lo que hacemos es tender puentes: partir de lo que el público ya conoce y le emociona para llevarle a lo que hay detrás, a la historia real, a los matices que la ficción necesariamente simplifica o transforma. Es una forma de hacer el museo más permeable, más abierto, y creo que también más honesto, en su vocación de ser un espacio para todos.

«Lo que hacemos es tender puentes: partir de lo que el público ya conoce y le emociona para llevarle a lo que hay detrás, a la historia real, a los matices que la ficción necesariamente simplifica o transforma.»

Carolina Miguel en la Sala de Billar del Museo Nacional del Romanticismo – Foto (C) Berta Delgado

«Es una forma de hacer el museo más permeable, más abierto, y creo que también más honesto, en su vocación de ser un espacio para todos.»

– La música es una de las artes a la que también prestáis mucha atención dentro de las actividades del museo, y habéis dedicado una de ellas a la importancia de la construcción de los instrumentos musicales por parte de los luthiers. ¿Cómo sonaba la música en el siglo XIX y qué transformaciones hubo?


El siglo XIX es uno de los momentos de transformación más radical en la historia de la música occidental, y es difícil entenderlo sin atender al papel de los constructores de instrumentos. Es el siglo en el que el piano se convierte en el instrumento doméstico por excelencia, en el que la burguesía hace suyo el salón musical como espacio de sociabilidad y de representación. Es también el siglo en el que el violín alcanza su forma definitiva, en el que las orquestas crecen hasta dimensiones nunca vistas y en el que los instrumentos de viento se transforman técnicamente para poder seguir ese crecimiento. Los luthiers fueron protagonistas silenciosos de esa revolución: su trabajo artesanal, su conocimiento de los materiales y su diálogo constante con los músicos permitieron que la música romántica sonara con esa capacidad expresiva, esa potencia y ese color que la música anterior no había tenido. Nos interesa mucho poner en valor ese saber técnico y artesanal, que es también patrimonio inmaterial, y que con demasiada frecuencia queda en segundo plano frente a los grandes compositores que acaparan el relato. Y la forma de hacerlo, a través de una visita teatralizada al museo con un luthier del Madrid decimonónico, sirve para acercar mucho mejor al público estas cuestiones.

Antesalón del Museo Nacional del Romanticismo – Foto (C) Fabián Álvarez Martín
Salón de baile del Museo Nacional del Romanticismo – Foto (C) Javier Rodríguez Barrera

– ¿Qué descubrirá una persona que nunca haya visitado el museo y por qué recomiendas que venga?


Descubrirá algo que es muy difícil de encontrar en un museo: la sensación genuina de que alguien vivió aquí, de que las cosas tienen memoria y de que el tiempo, en este lugar, funciona de manera diferente. El Museo Nacional del Romanticismo no es una sucesión de cuadros colgados en una larga pared, no es un museo de vitrinas, tiene una dimensión doméstica en la que es fácil sentirse identificado. Los objetos están dispuestos tal y como los habrían encontrado sus propietarios decimonónicos, con una voluntad de reconstrucción ambiental que te traslada a otra época de manera casi física. Hay una intimidad en sus salas que es muy poco frecuente en los museos y que hace que la visita sea una experiencia singular, difícil de comparar. Pero además de esa dimensión sensorial y emocional, el museo ofrece una reflexión muy rica sobre el siglo XIX como momento fundacional de la modernidad. Recomiendo visitarlo porque es un lugar que emociona, que sorprende y que hace pensar. Y porque cuando sales, el siglo XIX ya no parece tan lejano ni tan ajeno, porque en bastantes aspectos nos parecemos mucho más a la sociedad de la época de lo que creíamos.

«Recomiendo visitarlo porque es un lugar que emociona, que sorprende y que hace pensar.»

Fachada del Museo Nacional del Romanticismo – Foto (C) Javier Rodríguez Barrera
Sala de Juego de Niños del Museo Nacional del Romanticismo – (C) Irene Juanes Gil

«Y porque cuando sales, el siglo XIX ya no parece tan lejano ni tan ajeno, porque que en bastantes aspectos nos parecemos mucho más a la sociedad de la época de lo que creíamos.»


– ¿Cómo es tu tiempo cuando no trabajas?


Valoro mucho el tiempo tranquilo, el que no tiene agenda ni objetivo, que creo que es cada vez más escaso y más necesario. Tengo poco tiempo, y reconozco con pesar y cierta culpa que cada vez me resulta más difícil encontrar el momento para sentarme y disfrutar de un buen libro. Sobre todo, porque muchas veces leo por trabajo. En cambio, la música me sigue acompañando a cada momento. Ha sido una constante en mi vida y sigue siendo uno de mis mayores placeres. Y en cuanto encuentro un hueco me escapo de viaje. Creo que es lo que más me gusta, visitar distintos sitios, monumentos, ver exposiciones… Aunque si busco refugio, este siempre lo encuentro en mi ciudad natal o junto al mar.


– Un deseo que te gustaría que se hiciera realidad


Si hablamos del ámbito de los museos, sería sin duda el que todas las personas sin excepción los sientan como suyos. Los servidores públicos tenemos aún mucho trabajo que hacer para que eso sea una realidad. Ese es mi deseo profesional, y de alguna manera también personal, porque creo que el patrimonio cultural no tiene ningún sentido si no llega a todas las personas, con independencia de su origen, su formación o su historia. Los museos custodian la memoria colectiva de una sociedad, y esa memoria pertenece a quienes la conforman. Conseguir que eso no quede solo en una declaración de intenciones y que se convierta en una realidad es, creo, el trabajo más importante que tenemos por delante. Y desde luego, para mí, un firme compromiso.

Carolina Miguel Arroyo - Directora del Museo del Romanticismo - Foto Berta Delgado - YANMAG

«Deseo que todas las personas sin excepción sientan como suyos los museos.»

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